Análisis general. Título del estudio fotográfico. Elizabeth Loaiza cocinada
por Andrés carne de res, Leonor Espinosa y los Rausch. Fotógrafo. Alberto Newton.
SOHO, revista dirigida a cautivar
principalmente un público masculino con subjetivas imágenes de modelos,
actrices y en, excepcionales, ocasiones mujeres casuales, cuyas actividades no
están, necesariamente, involucradas con el mundo de espectáculo. Su contenido
es, se supone, para individuos mayores de 18 años, tanto para su edición física
como para su versión virtual. La revista no corresponde, al menos de una manera
evidente, a una ideología política o religiosa. Sus fotografías son tratadas
técnicamente para favorecer el producto final.
El análisis de las fotografías de la edición
elegida para estudio se realizó desde el texto,
la frontera y la memoria[1],
conceptos, citados en el Marco Teórico-conceptual, propicios para las imágenes
estudiadas. Es claro que la propuesta de la revista SOHO no es la pornografía,
en ningún momento se observa una puesta en escena que ilustre una situación
sexual explícita. Más bien, su intención en más erótica; juega, el fotógrafo,
de manera intencional con los elementos dispuestos en la fotografía, con la
pose de la modelo y con la situación representada. No obstante, es preciso
anotar que en la mayor parte de las imágenes seleccionadas para el presente
estudio, sí hay un grado de sometimiento a la mujer, representada en Elizabeth
Loaiza, quien es tratada en la sesión como carne. Esta mirada puede
contemplarse obscena, dada la explicación dada por Cairo et al. (2006).
La situación plasmada en las fotografías
puede entenderse como una secuencia, cada foto es continuación de la anterior,
y contempla desde la selección del ‹ejemplar›, su transporte, su encierro, su
ritual para la muerte, su corte y su cocción[2].
Entonces, ¿Qué escena hace falta para completar la secuencia mencionada?,
precisamente, el momento en que es consumida. También es manifiesta la
degradación cultural, puesto que equipara la carne muerta apta para consumo
humano y la carne, viva, juvenil y desnuda, de la mujer ¿Apta, acaso, también
para el consumo?.
Otra parte del análisis practicado a las
fotografías inclina la atención hacia una pregunta ¿Por qué Elizabeth Loaiza,
un ícono de belleza que responde a las formas corpóreas citadas por Sibilia
(2012), y no una mujer casual que no tenga vínculo mediático alguno y por
consiguiente no, necesariamente, tenga un afán por corresponder a aquellas
subjetividades sobre los cuerpos citadas por la misma autora?. La respuesta a
esta pregunta se encuentra en la connotación de cada una de las fotografías y
su relación con las demás en la continuidad de la historia propuesta: Se
propone un escenario, muy conocido, en el contexto contemporáneo: ‹sólo los
seres más aptos sobresalen y son elegidos en una sociedad de consumo›.
Por otra parte, los textos fueron tenidos en
cuenta para su análisis y su relación con las fotografías. Sin embargo, identificada
su participación en éstas se evidencia la intención de reforzar el sentido
connotado de la imagen, aunque su ausencia no supondría una afectación de este
sentido. El contenido de los artículos narra episodios de la vida laboral y
profesional de los cocineros invitados a la sesión, Los títulos de los textos duplican
la intención final de la historia enunciada, igualmente, en el título escogido
para la sesión fotográfica: Elizabeth
Loaiza cocinada por Andrés Carne de res, Leonor Espinosa y los Rausch.
Seleccionadas las fotografías se estableció
en primera instancia el mismo orden de éstas en la revista, y que no suponían una
continuidad. Sin embargo, como se anotó anteriormente, éstas si proponen una
historia, y es a partir de este orden que se elaboró el análisis particular a
cada una de las fotografías.
1.2 Análisis detallado
Fotografía 1. Selección
del ‹ejemplar› más apto para el consumo.
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En esta fotografía se identifica una simetría
de las formas captadas, se observa una atención por las curvas de la parte
trasera de las cuatro reses artificiales, distribuidas en la imagen para que
Elizabeth Loaiza, desnuda y de espalda, pose en medio de éstas. El cuerpo
desnudo de la modelo sobresale por su forma más delgada y su contorno,
especialmente cuidado y, por qué no, tratado, en la imagen, digitalmente. Su
rostro, levemente alzado gira a su derecha quedando de perfil con el mentón
levantado, quizás quiera destacarse de sus inertes y artificiales compañeras y
esté tratando de enviar un mensaje: “Mírame,
yo estoy aquí, estoy con ellas, pero no me parezco a ellas, soy alta, de piel
blanca y soy más hermosa”. En efecto sus curvas delicadas, sensuales y
eróticas sobresalen en la imagen, no sólo por la simetría de sus formas, sino
por su color, pues es, a diferencia del de las vacas a su alrededor, natural.
El segundo plano de la imagen es oscuro y los
objetos dispuestos en éste no son perceptibles a simple vista. Se puede
inferir, entonces, que la modelo y las vacas inanimadas, fueron distribuidas y sus
poses pensadas, intencionalmente, para que dentro de la imagen sobresaliesen
por la intensidad de sus tonos y luminosidad.
La
modelo, evidentemente corresponde a las subjetividades del cuerpo de la
sociedad occidental (Sibilia, 2012); cabello largo, claro y rizado, piel
blanca, un contorno simétrico, unos pequeños y seductores hoyos arriba de sus
caderas que definen una cintura, sensual y pequeña. Ella despierta sensualidad,
no es obscena, todo lo contrario, es erótica. Elizabeth Loaiza sobresale de los
objetos sin vida que la acompañan por su altura y por la longitud de sus largas
piernas, reforzada por la utilización de unos tacones negros y la postura de su
pierna derecha que, además, resalta la curvatura de su cola. Sus manos,
apoyadas sobre las reses ubicadas a su derecha e izquierda, refuerzan su
altura. Su pose seduce, no sólo por su disposición para hacerse notar, sino,
obviamente, por su desnudez, que bien hubiese podido estar ausente, dado que en
el orden lógico de las fotografías está ella en el proceso de selección. Tal
vez, su desnudez pretenda significar naturalidad, mas sus tacones contradicen
esta hipótesis, pues son accesorios artificiales de embellecimiento y
seducción.
Fotografía 2. Transporte
Se observa con claridad en la fotografía 8
trozos de carne muerta, cortados y colgados en igual número de ganchos
metálicos o de aluminio. Lo más probable es que Elizabeth Loaiza, según la
analogía de la realidad plasmada en la imagen y explicada de esta manera por Barthes
(1982), esté siendo transportada del lugar de selección hacia otro lugar. Se
puede inferir a medida que se identifican una serie de elementos denotados; el
artefacto de la parte central superior, las paredes blancas, los refuerzos de
éstas y que por la textura, parecen ser de aluminio, por último el piso
probablemente, también, de aluminio señala que el espacio escogido para esta
fotografía fue un furgón transportador de alimentos, o un escenario simulado,
que hiciera sus veces, para el interés particular de la foto.
La modelo, desnuda, está colgada por los pies
y atada a un gancho por una banda blanca, quizás de tela. Su mano derecha no
deja ver a plenitud sus senos, su mano izquierda flexionada en ángulo de 45°
grados se apoya sobre el piso, como ya se dijo, probablemente de un furgón para
el transporte de alimentos. Su rostro no refleja sensación alguna, más bien se
manifiesta inmóvil, carente de emociones. Sus ojos resaltan, no sólo por su
color, sino por la apertura de los mismos. La posición de sus piernas,
suspendidas por el trozo de tela descrito anteriormente, no deja ver su pubis,
ni parte de éste. Como en la fotografía anterior sobresalen la plenitud de sus
curvas, el contorno de su cola y la longitud de sus piernas. Cabe resaltar que,
a diferencia de la primer fotografía, ella sí está totalmente desnuda, ya no
hay ningún accesorio que resalte su belleza claro, la pose, no natural y hasta
incomoda, de la modelo y la interpretación de la imagen realizada no permiten
lugar en la imaginación, en el que se pueda albergar un instante para la
seducción y el erotismo. Elizabeth Loaiza ya no sobresale por su belleza
estereotipada, no intenta hacer el mínimo intento por seducir, ella se
encuentra, esta vez, reducida a una posición de igualdad con los trozos de
carne a su espalda. Ya el color desnudo de su piel no guarda mayor distancia
del color de la carne muerta colgada, como ella, de ganchos afilados.
La superficie, los objetos, la modelo, el
color y las texturas son percibidas en esta fotografía con claridad. Hay poco
juego de sombras y parte del cuerpo de la modelo alcanza a reflejarse, de
manera muy borrosa, en el piso de lo que puede ser, un vehículo para el
transporte de carne.
Fotografía 3. Encierro
Se observa con claridad en esta fotografía:
siete trozos de carne muerta colgada con sus respectivos ganchos de un tubo,
quizás de metal, y un pequeño trozo de una parte más grande de, también, carne
muerta ubicado en el extremo izquierdo inferior de la fotografía. Detrás de la
carne muerta se puede observar disimuladamente una báscula y una mesa de
aluminio, probablemente de corte. Elizabeth Loaiza nuevamente se destaca en un
primer plano, ubicada, como ya es costumbre en la sesión, simétricamente, en
medio de la imagen. Su cabello largo, claro y rizado cuelga sobre sus hombros y
alcanza a cubrir una gran parte de su seno izquierdo, mientras el derecho puede
ser observado en toda su plenitud, redondo, firme y hermoso, en el contexto
social de Occidente, conectado por redes de consumo que determinan nuevas
formas del contorno del cuerpo, Sibilia (2012). La modelo ya no está atada,
aparentemente cuenta con más libertad, pero su mirada fija hacia su costado
derecho y sus manos palpando una pared imaginaria en frente de ella buscan una
salida al encierro. Una sutil sensación de angustia connotada en su rostro es
otro indicio de su encierro. Su desnudez, igualmente que en la fotografía anterior,
no seduce, por lo contrario, la somete a una condición de relativa igualdad que
los trozos de carne muerta que la acompañan en la imagen y pueden revelar, de
esta manera, una sensación de fragilidad. Claro, ella aún tiene una ventaja
sobre aquellos trozos de carne, aún respira.
Fotografía 4. El
ritual culinario

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Es una fotografía que, al igual que la
segunda, cuenta con una fuerte carga connotativa. Se puede describir en ésta
una saturación, mucho más explícita que en las fotos anteriores, de elementos
denotados. En un primer plano posa ella, desnuda, desprevenida e ingenua,
transmite la idea de no conocer su, tal vez triste, futuro, Elizabeth Loaiza,
acostada de medio lado, con su mirada de frente a la cámara, cubre sus senos
con su mano derecha que descansa sobre una mesa de material, seguramente
rígido. Su mano izquierda, en ángulo de 45° sostiene su cabeza, cual
adolescente confundida sobre la cama. Su pierna derecha, levemente flexionada
hacia el frente cubre de nuevo su pubis.
Sus pies desnudos carecen de accesorio o elemento alguno que distraiga la
atención que despierta su blanca piel.
Detrás de la modelo afila su cuchillo, Andrés
Carne de res, con una disposición
explicita de realizar el procedimiento connotado de corte de carne. La mirada
del cocinero no es casual, parece evocar alguna película de terror, en la que
el villano invencible, con una naturalidad cínica y macabra, se toma su tiempo
para preparar su ritual de muerte. Su frente despejada, su cabello gris y una
que otra huella de los años en su rostro, descubren un hombre mayor que,
entendidas las diferencias con su compañera de escena, se muestra poderoso y,
quizás, libidinoso en su mirada. El vestido de Andrés Jaramillo, cuidadosamente
seleccionado: guantes grises, delantal amarillo y una bata blanca. Los demás
objetos; 7 trozos de carne, igual que en imágenes anteriores, suspendidos por
ganchos filosos, una báscula, otras piezas de carnes frías, unos avisos
bastante sugestivos en los que se puede leer claramente: “trasero, delantero y pecho”, por su parte en el siguiente aviso se
lee: “Maduración de carnes”. Elementos
relacionados que evocan, de forma subjetiva, pero latente, una relación de
sometimiento y una supremacía de género, entonces, se da de forma intrínseca el
siguiente interrogante: ¿Por qué Elizabeth Loaiza en la fotografía de la
portada es Andrés carne de res quién
la cocina y no Leonor Espinosa?.
La iluminación del escenario recreado está
cuidadosamente tratada. Es una cocina en la que se conjuga un juego de sombras,
que hacen evocar, la morgue, comúnmente representada, en películas de terror.
El color de piel de la carne muerta y el color de la piel de la modelo
contrastan con el resto de colores distribuidos en el escenario, lo que permite
fijar especial atención, ante todo, en la modelo.
El tercer sentido que se explicó a partir de
Barthes (1982) que éste cuenta con tres niveles. Para efectos prácticos del análisis
se mencionara que el informativo se
identifica una mujer joven desnuda sobre una mesa de aluminio en una cocina,
lejos de su campo visual, detrás de ella, se encuentra preparado para cortarla,
un cocinero mayor. La modelo, ajena a su situación y ausente en ella el miedo.
El escenario mismo de la foto, los objetos ya descritos y los personajes evocan
un ritual culinario, de aquí se
desprende un conocimiento literal que ofrece la foto: la modelo, de manera
evidente, será cocinada.
Fotografía 5. El
ritual culinario
Esta imagen simula el fin de la secuencia
propuesta en la sesión de fotos logradas en el conocido restaurante Andrés Carne de Res. Al igual que en la
fotografía anterior hay una gran saturación de elementos, esta vez recrean una
cocina. En primer plano, sobre un mesón, al parecer metálico, adentro de una
olla grande se encuentra Elizabeth Loaiza acostada, su torso desnudo sobresale
de la olla dejando ver su seno izquierdo, sus piernas estiradas por fuera de la
olla y la pose de su rostro y cabeza tratan de seducir. Detrás de ella Andrés
Jaramillo, usa un delantal de su restaurante y con la mano izquierda empuña un
accesorio de madera simulando alguna actividad relacionada con la preparación
de algún alimento.
Los objetos variados saturan la fotografía y
recrean una gran cocina; un platero ya gastada con unos cuantos platos, 10
bandejas metálicas pueden distinguirse con claridad, suspendidas de un gancho,
también metálico, y una detrás de otra. Una lámpara bastante grande al lado
izquierdo de la imagen, colgada del techo y otra más a la derecha del cocinero.
Detrás de él un fogón humeante, y alrededor de la cocina peces decorativos.
Todos los elementos dispuestos en la fotografía recrean el espacio descrito
anteriormente: una cocina. No obstante, encima de Elizabeth Loaiza penden del
techo 7 corazones, brillantes y rojos, pueden entenderse éstos, como ajenos al
ambiente representado y pueden interpretarse, entonces, saliendo de la gran
olla, reemplazando el humo.
Igualmente que en la fotografía anterior la
mirada de Andrés Carne de Res parece
estática, seria y puede relacionarse, también, con una película de terror. En
esta fotografía Elizabeth no parece ignorar lo que a su espalda sucede, todo lo
contrario, sus gestos pueden entenderse como una aceptación de su situación. Su
cabello largo cae afuera de la gran olla, su cabeza reclinada hacia atrás, su
mano derecha tocando su cabello, su desnudez y la pose de sus piernas tratan de
enviar un mensaje, quizás, seduciendo al cocinero algo mayor que ella: “cómeme”.
1.3 Conclusiones
A
partir de un ejercicio de investigación que incluyó un detenido análisis de
cada una de las fotografías seleccionadas, identificación de cada uno de los
procedimientos connotados y la relación de estos con los elementos denotados y
los textos complementarios de las fotografías, se pudo llegar a una
interpretación, lo más ceñida a la realidad como fue posible, de la imagen de
la mujer planteada en la edición N° 140 de la revista SOHO.
Las fotografías de Elizabeth Loaiza en el
restaurante Andrés Carne de Res, plantean
una imagen de mujer, tristemente, nada alejada que la mostrada, desde hace
muchos años, por la publicidad. El cuerpo de la mujer es, entonces,
constantemente explotado como estrategia comercial y su belleza, estereotipada,
seduce y atrapa a consumidores masculinos y crea cierta identificación o
rechazo por parte de las mujeres.
Además, un acercamiento desde el punto de
vista cultural permitió evidenciar cierto asomo de dominación propuesto en las
fotografías, pues en la historia narrada desde, la continuidad de cada una, la
relación de la modelo con el cocinero y la participación de otros
procedimientos de connotación permiten identificar la imagen de una mujer joven
y físicamente, de acuerdo con los estereotipos occidentales del cuerpo femenino,
hermosa sometida ante el poder del hombre mayor, representado por Andrés
Jaramillo. La mirada de éste, tal vez inconsciente y, por supuesto, subjetiva
así como su rol dentro de la fotografía
pueden connotar la atracción que suscita una mujer, como Elizabeth
Loaiza, en un público mayor.
Por otra parte el estado de indefensión de la
modelo es evidente a partir de la segunda fotografía, situación que no resulta
ajena en el contexto contemporáneo, dado que es constante el abuso hacia la
mujer, pese a los esfuerzos y manifestaciones de distintos actores sociales
interesados en defender y reivindicar los derechos de la mujer. Imágenes como
las estudiadas, según como sean asimiladas por los consumidores de los
contenidos de la revistas, puede reforzar flagelos como el machismo y permiten
el arraigo de una imagen de la mujer reducida, simplemente, a un objeto sexual.
El continuo uso y abuso de la imagen de la
mujer en los medios de comunicación, únicamente como estrategia comercial,
fortalecen los estereotipos y contribuyen para que las jóvenes que participan
en propuestas comunicativas, como las aquí analizadas, sean consideradas, por
mujeres que aún consideran la belleza física como camino seguro hacia el éxito,
ejemplos de belleza e íconos de mujer, dignos de ser imitadas. Y por hombres,
convencidos del atributo físico como cualidad esencial en las mujeres, como
símbolos sexuales y objetos merecedores de deseo.
No quiere decir esto que la propuesta de la
revista SOHO o publicaciones similares deban ser censuradas o estigmatizadas.
La discusión debe aportar elementos de juicio y sobretodo de reflexión, para
que este tipo de contenidos puedan ser abordados de una manera detallada y
analítica, quizás cercana al sencillo intento de esta investigación.
Los medios alternativos deben ser fuente de
mensajes inspiradores y reflexivos para la sociedad. Su intervención, tal vez,
menos masiva que la de los medios masivos, debe proponer, precisamente, nuevas
alternativas comunicativas que no reduzcan a la mujer a una estrategia
comercial, sino más bien, su objetivo sea la sensibilización y el
reconocimiento social que ella, la mujer, debe tener.
Infortunadamente, en los medios comerciales
de comunicación el intento de proponer nuevos escenarios y nuevas alternativas
es una tarea imposible y condenada al
fracaso. Pues, mientras el fin de los productos comunicativos sea,
principalmente, económico el cuerpo de la mujer, será entonces, su más exitosa
estrategia comercial. Es aquí donde el papel del consumidor ocupa un rol
fundamental, la pregunta es ¿Cómo cambiar los hábitos de consumo?.
[1] Categorías que permiten
proponer un análisis de la desnudez, no sólo como una ausencia total de
vestimenta, sino como un acto relacionado con diversas variables sociales,
ideólogicas y culturales. Iuri Lotman, citada por Velasco (2006).
[2] La continuidad propuesta
en las fotografías estudiadas se entiende a partir del simbolismo diegético,
propuesto por Barthes (1982).




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